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La ‘incomodidad’ de educar: una mirada acerca del rol de padres y educadores frente al consumo tecnológico de nuestros hijos

(Por Coni Marino; actriz, cantante, guionista y docente) Supongamos que una mañana nos levantamos como cualquier día y descubrimos que todos los que nos rodean hablan Chino Mandarín: el vecino, el verdulero, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros compañeros de trabajo, etc. Todos, menos nosotros claro está.

Imagino que luego de la desesperación inicial de no poder comunicarnos, que durará unas horas (seguramente), empezaremos a buscar estrategias para vincularnos con los demás.

La tecnología en la que nuestros hijos nadan con comodidad, es -en muchos casos- para los adultos que los rodean: “Chino Mandarín”. Para mí como madre es así, pero al igual que en esta situación imaginaria, los adultos no podemos dejar de buscar estrategias para comunicarnos. No debemos asumir que ese mundo virtual es “zona liberada”, un territorio sin ley, debido a que no sabemos cómo acceder.

Si bien admitimos que en este terreno liberado virtual que frecuentan  nuestros hijos  se les pueden abrir conocimientos muy nutritivos, también sabemos que pueden ser dañados grave o sutilmente con sus consumos virtuales.

Reconocemos que serán inevitablemente afectados en su mirada del mundo, en sus valores, en su cultura, en sus intereses, en sus deseos… Entonces nos preguntamos qué hacer?

No estoy planteando algo apocalíptico pero si una acción de padres y educadores compleja y necesaria, una acción  INCOMODA.

Es claro que no es una tarea que se resuelva cerrando las ventanas ni prohibiendo el uso de la tecnología, es una tarea que solo puede hacerse comenzando a aprender a hablar “Chino Mandarín”. Un desafío  trabajoso que únicamente se sostendrá con un profundo interés por comunicarnos en ese idioma ajeno, que es para muchos padres y educadores, la tecnología. Tarea incomoda y necesaria.

Deliberadamente uso esta palabra “incomodo”, y sé que en este contexto parece desubicada; pero lo hago porque creo que los padres terminamos mirando para otro lado en lo que respecta al control de lo que nuestros  hijos hacen con sus consumos virtuales, debido -en particular- al nivel de dificultad que representa comenzar a comunicarnos en “Chino Mandarín“, y -en general- a la dificultad de enfrentarnos con el “aprendizaje torpe” de lo nuevo, siendo adultos (tema atendible en el que no ahondare en esta reflexión).

Además hoy la mayoría de nosotros lidiamos con agendas complicadas saturadas de responsabilidades y no queremos sumar más complicaciones sino despejarlas. A pesar de todo lo dicho creo con toda sinceridad que aprender este lenguaje tecnológico es una tarea ineludible.

Hace unos años hice un espectáculo en el que comenzaba con esta frase: “Tener un hijo es la experiencia más incómoda de la vida”. El público miraba algo desencajado, no era una afirmación muy fácil de ser escuchada. Luego de una pausa yo repetía “tener un hijo es la experiencia más incómoda de la vida y la más maravillosa”.

Tener un hijo responsablemente es firmar un pagare por años de trabajo meticuloso. Es un empleo de 24 horas diarias, sin sábados  ni domingos libres. Es un contrato desparejo en donde ponemos tiempo, energía y atención para hacer florecer en ese ser  un “otro” autónomo y libre. Lo hacemos con el objetivo de que finalmente, y si hicimos bien nuestra parte, ese “otro” pueda soltar nuestra mano y alejarse de nosotros para comenzar a construir su propia vida.

Así leído no pareciera ser muy buen negocio. Pues no lo es, porque tener un hijo no es un negocio. Tener un hijo es la ternura, la responsabilidad, el amor que asume una forma única. Es por excelencia el vínculo en donde se vivencia la generosidad por sobre el interés de obtener cosas del otro. La dificultad es parafraseando a Spinoza “permitirle a la obra existir” ya que “cuanta más realidad le pertenece a la naturaleza de una cosa (un ser) más tiene esa cosa (ese ser) por si misma fuerza para existir (Suhamy , 2006, ‘Spinoza por las bestias’, Editorial Cactus).

Eso hacemos al criar a nuestros hijos, les damos fuerza para existir, los impulsamos para ese existir autónomo.

Entender esto nos ayudará a enfrentar mejor la crianza y la educación de los hijos en este nuevo siglo atravesado por desafíos sorprendentes que cambiaron radicalmente el mundo en el que nuestros hijos deberán expresarse creativamente.

Cada padre toma decisiones del “como” pero creo que todos coincidirán en  que el único modo de encarar este desafío es la cercanía física, espiritual, psicológica, intelectual. Una cercanía amorosa. Y no estoy aquí hablando de los difíciles casos en donde la tecnología enferma a nuestros hijos generando adicción y aislamiento social, tampoco del excesivo consumo que causa daños irreparables en la gestión de las  frustraciones y genera atrofia en sus vínculos con los otros; sino de los casos más corrientes en donde los chicos y adolescentes  consumen tecnología controladamente algunas horas diarias.

Debemos enterarnos, controlar, entrar sutilmente. Recordemos que a pesar de las enormes diferencias producto del cambio de necesidades en las distintas etapas de su vida esta “incomodidad” es similar a la que sentíamos cuando cambiábamos pañales o hacíamos adaptaciones en Jardines de infantes para que ellos no se sientan abandonados.

El trabajo es largo, INCOMODO y maravillosos. Ellos, más aún en la adolescencia (etapa crítica por definición) detestan que nos entrometamos; pero no es importante que lo detesten, lo importante es entender que ni los padres ni los educadores podemos “liberar la zona“ de una parte fundamental de sus vidas.

No debemos entregarnos ante la dificultad de la tecnología; en primer lugar porque ellos aprenden de lo que hacemos y en segundo lugar porque  estaremos “liberando la zona” de un terreno donde sucede el principal consumo  cultural en el siglo XXI. Si lo hiciéramos, debido a nuestra ignorancia ante los códigos de este idioma ajeno, estaríamos abandonándolos a su suerte en etapas de la vida en que aún no pueden estar a la altura de ese contrincante virtual diversificado y poderoso.

Arremanguémonos  entonces y aprendamos los principales ideogramas del “Chino Mandarín” para tener una mirada siempre atenta al mundo en el que nuestros hijos se despliegan,  se vinculan y se afirman como hombres y mujeres futuros.

Corren tiempos en donde hay que recordar  que “la incomodidad” es parte de la crianza, no su enemiga.

 

 

Coni Marino (conimarino@gmail.com) es actriz-cantante-guionista-docente. Estudia sociología en la UBA. Conduce y anima eventos empresariales, y dicta seminarios de coach vocal y oratoria.

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