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IA en educación: incorporar tecnología no alcanza si no existe un propósito pedagógico

(Por Victoria Hernando, Chief Marketing Officer – CMO de e-ABC Learning) Frente a la creciente incorporación de la inteligencia artificial a la experiencia educativa, la discusión suele concentrarse en qué herramientas incorporar, cuáles permitir o cómo evitar que los estudiantes las utilicen para resolver actividades sin atravesar el proceso de aprendizaje.

Sin embargo, el desafío más interesante está en cómo integrar la inteligencia artificial con un propósito pedagógico real. Incorporar IA a una clase no transforma por sí mismo la experiencia educativa. Una actividad tradicional realizada con una herramienta más sofisticada puede seguir respondiendo a la misma lógica pedagógica.

El punto de partida debería ser, entonces, el objetivo de aprendizaje. Lo cual implica definir qué buscamos que el estudiante comprenda, qué capacidades queremos desarrollar y en qué momentos la IA puede enriquecer ese proceso o resulta más valioso que el estudiante resuelva una actividad sin recurrir a esta tecnología.

De esta manera podemos invertir una lógica bastante habitual y en lugar de preguntarnos qué podemos hacer con inteligencia artificial para luego intentar encontrarle una aplicación educativa, podemos comenzar por una necesidad pedagógica y analizar si la IA aporta una respuesta pertinente.

Aprender a trabajar con las respuestas

Uno de los mayores aportes de la IA podría aparecer, paradójicamente, cuando dejamos de utilizarla como una máquina de respuestas.

Por ejemplo, un estudiante puede utilizar la IA para explorar distintas perspectivas sobre un mismo fenómeno y luego analizar sus diferencias, coincidencias y argumentos. También puede trabajar sobre una solución generada por la herramienta para detectar errores, revisar los supuestos en los que se basa y plantear alternativas. Incluso puede contrastar sus respuestas con fuentes confiables, verificando la información y evaluando qué contenidos tienen sustento y cuáles requieren una revisión.

De esta manera, la IA deja de funcionar como un recurso que simplemente proporciona respuestas y se convierte en un punto de partida para analizar, cuestionar y construir conocimiento.

En estos casos, el valor educativo no está en el contenido producido por la herramienta, sino en lo que el estudiante debe hacer con ese contenido.

Analizar, verificar, relacionar, argumentar, reformular y tomar decisiones adquieren mayor relevancia en un contexto donde producir una primera respuesta demanda cada vez menos esfuerzo.

Esto también obliga a revisar algunas formas de evaluación. Si una consigna puede resolverse íntegramente copiándola en un asistente de IA, quizás el problema no esté solamente en el acceso a la herramienta. También puede ser una oportunidad para preguntarnos qué estamos evaluando.

El rol docente se vuelve más relevante

Existe una paradoja interesante. Cuanto mayor es la capacidad de la tecnología para generar contenidos, más importante resulta la intervención pedagógica.

La IA puede proponer ejercicios, ofrecer explicaciones o adaptar materiales, pero es el docente quien conoce el contexto, identifica dificultades, define objetivos y decide qué experiencias pueden favorecer un aprendizaje significativo. Por eso, integrar IA no implica delegar la enseñanza. Implica diseñar mejor su participación.

En algunos casos podrá funcionar como tutor para practicar. En otros, como contrapunto para discutir una idea, herramienta para explorar escenarios, apoyo para personalizar actividades o recurso para ofrecer retroalimentación inicial. También habrá instancias en las que la mejor decisión pedagógica será no utilizarla.

Enseñar también sus límites

Una incorporación responsable de la inteligencia artificial requiere, además, desarrollar una mirada crítica sobre la propia tecnología.

Comprender que una respuesta convincente no necesariamente es correcta, reconocer sesgos, verificar información, proteger datos personales, citar adecuadamente y distinguir entre asistencia y sustitución del trabajo propio empiezan a formar parte de las competencias necesarias para aprender y trabajar en entornos atravesados por IA.

El objetivo, entonces, no debería ser formar estudiantes que simplemente sepan utilizar herramientas de inteligencia artificial.

El desafío es más profundo y apunta a formar personas capaces de decidir cuándo utilizar IA, para qué hacerlo, cómo evaluar sus resultados y cuándo es mejor prescindir de ellas. Quizás allí esté la diferencia entre implementar IA a la educación e incorporarla con verdadero sentido pedagógico.

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